Hace poco publicamos la noticia sobre un accidente doméstico que le costó la vida a un chiquito de sólo cuatro años. Ese mismo día, coincidentemente, también informamos sobre el nacimiento en clínicas de Casilda de los dos primeros bebés de 2007: Cielo Anahí y Santiago, que vivirán respectivamente en Los Molinos y Casilda. Una noticia muy triste y otra feliz, como es la vida en sus caprichos de cada momento.
Publicar la primera no fue fácil. Nosotros, que nos alegramos y hasta nos emocionamos ante cada logro de nuestros vecinos, sobre todo si se trata de jóvenes que tienen un mar por delante, y corremos a la PC para darla a conocer de inmediato, dudamos sobre la conveniencia de difundirla. Pero el derecho de nuestros lectores a estar informados, aunque la noticia cause tristeza, fue más importante. Además, enseguida dijimos que si estos hechos se conocieran siempre, tal vez ayudarían a salvar a otros chicos de tontos accidentes que podrían ser evitados. Si entre todos tomáramos conciencia de los peligros que implica dejarlos jugar solos en ciertos lugares, la vida de Rodrigo David y la de tantos otros niños que tuvieron su mismo fin por culpa de trampas que estúpidamente tendimos los adultos, se habrían salvado. Seguramente esos chicos algún día podrían haber aparecido en los medios como protagonistas de una historia feliz, esas noticias que nos cuentan cuando los jóvenes ganan torneos, salen airosos de concursos, terminan sus estudios, muestran sus creaciones; o simplemente hacen lo que por derecho natural se han ganado: viven momentos felices.
Aunque ni usted ni yo fuimos quienes pusimos la trampa mortal a este chico de Nueva Roma, el hecho no puede menos que causarnos culpa. Sí: culpa y vergüenza, simplemente por formar parte de esta sociedad que cada tanto produce noticias de este tipo. Por ello, siempre es oportuno que repitamos aquel hermoso texto de John Donne, que le sirvió a Ernest Hemingway como epígrafe para su novela "Por quién doblan las campanas", que aún puede enseñarnos mucho:
"Ningún hombre es en sí equiparable a una Isla; todo hombre es un pedazo del Continente, una parte de Tierra Firme; si el Mar llevara lejos un Terrón, Europa perdería como si fuera un Promontorio… como si se llevaran una Casa Solariega de tus amigos o la tuya propia. La Muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la Humanidad. Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas; ¡están doblando por ti…!"