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Como una rayuela
Por Marcela Ruiz
Es fácil. Sólo hay que
pasar de la Tierra al Cielo.
Muchos no se animan al
salto porque en la Tierra tienen todo lo que necesitan o creen necesitar para
vivir: casas, autos, negocios, comida, bicicletas, barcos, ropa, centros
comerciales. En las casas de los hombres suelen encontrarse objetos que no
sirven para nada. Los hombres tenemos las casas en la Tierra.
Sin embargo hay un sitio
al que se puede llegar sin siquiera marcar casilleros en el piso ni dibujar
cuadrados con tizas de colores, un lugar que queda cerca de los ojos
entreabiertos. Es el Cielo. Ni azul ni celeste. Del color que quieras o del
color que te lo pinte tu imaginación. Una tarde de agosto, alguien encontró
doblado en su bolsillo un papel en el que se leía:
¿Quién me ofrecerá sus alas
si yo quisiera volar?
Tengo ganas de soñar
muy cerca de la ventana.
Alguien me acerca un bostezo,
otro me trae una almohada.
Un duende llega en silencio
cubre con besos mi cara
y yo que estaba dormido
ya sueño que tengo alas.
La ventana nos acerca el
Cielo. Y en el Cielo está Dios. Y con Él soñamos. Se puede soñar que tenemos
alas y se puede soñar con el vuelo, pero hay que animarse a volar. Estamos
rodeados de duendes que no vemos y que nos invitan permanentemente a saltar de
la Tierra al Cielo. La rayuela de la vida nos atrapa en un juego de tensiones. A
veces saltamos sin tener ganas, otras veces nos empujan y caemos, pero la gran
maravilla de este juego consiste en que aún estando al borde del esfuerzo máximo
y teniendo el más escaso de los ánimos nos damos cuenta de que podemos saltar,
de que tenemos fuerzas. Si nuestras alas se quiebran no debemos dejar de soñar.
Podemos pedir alas prestadas a los duendes...
Sólo se trata de pasar
de la Tierra al Cielo. Vivir es eso: pasar de la Tierra al Cielo.
Y el Cielo está en la propia
Tierra.