Hace
veinte inviernos, un poco más allá del mediodía, cuando las sombras alargaban
figuras oblicuas en el este frío de las veredas, lo vi venir con ese andar de
equilibrio sobre una cuerda floja que da el alcohol, hasta que se detuvo a pasos
de donde lo observaba, me miró largamente y sonrió desde el gris fatal de su
insania.
¿Me
habrá reconocido? – pensé - . Hacía más de treinta años que no nos veíamos, casi
nadie sabía su nombre. A fuerza de llamarlo Rongo de pura casualidad nos
enteramos que se apellidaba Peralta. El famoso jugador de River le había
endiablado la gambeta, pero no le enseñó a esquivar la soledad ni la pobreza.
Decía que había que vivir todo el tiempo como si fuese el último día de la vida,
y columpiando veredas y cunetas traicioneras con el auxilio de las uvas
destiladas iba murmurando para adentro el autismo universal de los secretos.
Los
ladrillos desnudos y el barro por cemento le dieron a la arquitectura de su
morada la libertad del hornero. El guardarropas era su propio esqueleto
tambaleante; nunca tuvo otra prenda que la que llevaba puesta.
Si
había comida no había hambre, pero siempre el vino aceleraba el paso hacia el
boliche de la otra esquina. En el atardecer el regreso se hacia lento e
intermitente: cuando detenía su marcha con los brazos abiertos para no caerse,
parecía un espantapájaros del miedo, con los ojos enrojecidos y desorbitados
como queriéndose escapar con la mirada, un poco más allá de la lejanía que da la
nada.
En la
existencia de repetir el diario zigzagueo, su figura se fue dibujando en los
moldes sin formas que da el recuerdo, cuando desde el baldío le gritábamos: ¡Rongo!
¡pateala!. Después de dar el puntapiés se quedaba como esculpido en el aire
esperando el aplauso de una tribuna de sueños.
Hoy…hoy supe que ya no inventa jugadas y que desde una rústica madera vigila la
savia por las madrugadas.